miércoles, 15 de mayo de 2013

LOS NÁUFRAGOS DE VENUS: los dos primeros capítulos

LOS NÁUFRAGOS DE VENUS
(capítulos I y II)





Los conspiradores



El capitán Charles Marlow se tapó los oídos con las manos de forma instintiva, pues los dos tipos que estaban a su lado sacaron sendos revólveres y apuntaron hacia el cielo. El espanto en las alturas caía en picado sobre la cubierta del barco.
De hecho, el monstruo iba directo hacia ellos tres.
El tipo más alto, un individuo que un año antes se hacía llamar Sigerson —aunque su nombre, por supuesto, era otro distinto— estiró el brazo, se tomó su tiempo para apuntar y disparó contra el saurio alado. El compañero del hombre que había dejado de ser “un notable explorador noruego” para revelarse como un célebre metomentodo londinense (sus hazañas aparecían en una revistucha que Marlow no había leído jamás, y que lo colgaran si pensaba hacerlo) apretó el gatillo una fracción de segundo después. El tipo alto le había dicho a Marlow que su amigo era médico y que había tenido hasta hacía poco una consulta en Kensington, aunque al capitán le pareció que estaba ante un jugador de rugby, pues se trataba de un hombretón cargado de espaldas, fornido y de rostro coloradote, la clase de hombre que tenía éxito con las mujeres. Y también en el ring.
Desde que Sigerson y su amigo habían interceptado la trayectoria del barco de Marlow en una lancha, el doctor y el segundo de a bordo —un enorme marino yanqui llamado Orcival O’Rourke— habían intercambiado miradas desafiantes. No llegó a suceder nada de nada, pero Marlow se dijo que el doctor bien podría hacerle pasar un mal rato a su contramaestre.
El animal graznó y se estrelló contra la cubierta, a poca distancia de los tres hombres. El doctor se dispuso a disparar de nuevo, pero su compañero le indicó que bajara el arma. El monstruo levantó su larguísimo pico, boqueó hacia los marinos holandeses que observaron la escena horrorizados, y consiguió incorporarse. Le dio la espalda al grupo de hombres, dio varios saltitos con sus garras traseras, extendió las alas y saltó por encima de la baranda del Friesland.
Por un instante desapareció de la vista de Marlow y después volvió a surgir de la nada y se alzó en el cielo, donde aquel gigantesco cruce entre lagarto, pájaro y murciélago hizo un par de cabriolas imposibles. Y a continuación, desplegó sus agujereadas alas y se alejó del vapor de la compañía Holanda-América, en dirección sur suroeste.
—Pero Holmes, ¿no se supone que teníamos que abatir a la bestia? —dijo el doctor.
—Yo nunca dije eso —respondió el tipo alto.
—Pero el profesor Challenger quería disecar ese ejemplar...
—Mi querido primo George tendrá que conformarse con la gloria de haber sido el primer inglés en llevar un saurio volador vivo desde Brasil hasta el Queen’s Hall, tan sólo para ponerlo en libertad y lograr que cunda el pánico en Londres. Es un auténtico pionero de la ciencia, el querido primo George. Admiro sus métodos de investigación y su habilidad para partir cráneos cubiertos por cascos de policía, pero sobre todo, admiro sus puestas en escena. Y esta vez, yo diría que se ha superado a sí mismo. No necesita disecar a esa pobre bestia para engrosar su reputación.
—Parece que su gusto por lo teatral es cosa de familia... —refunfuñó el doctor.
El capitán Marlow (Charlie para sus amigos y conocidos) escuchó en silencio aquel diálogo, que le pareció salido de un vodevil barato. También le recordó a las imposibles discusiones que, hacía ya más de un año, él mismo había mantenido con el estirado que había dejado de responder al nombre de Sigerson. (Aunque para Charlie, ese inglés listillo siempre sería “Sigerson”).
La última vez que Marlow lo había visto, el presunto explorador noruego había abandonado el Friesland tras una desastrosa misión de rescate en aguas cercanas a Sumatra, y se había quedado en Calcuta con la intención de atravesar Persia —“la patria de Zarathustra”, en palabras de Sigerson— y dirigirse nada más y nada menos que a la Meca.
En realidad, hasta esa mañana el capitán pensaba que a Sigerson lo habría matado una horda de mahometanos furiosos con el perro infiel. O eso, o que Sigerson se habría convertido en el reyezuelo de algún pueblucho del Kafiristán, como el difunto Danny Dravot, que en paz descansara.
Sin embargo, un año después de aquel despropósito de viaje a una isla envuelta en nieblas por cuenta del patrón de Marlow —un funcionario de Whitehall y presidente de un insólito club para caballeros—, Sigerson, acompañado por ese individuo que era mitad médico, mitad bulldog, había interceptado la trayectoria del vapor volandero de Marlow para cazar al monstruo antediluviano que un expedicionario loco había llevado a Londres con intención de demostrar no sé qué teoría científica.
Pero el capitán Marlow no estaba especialmente extrañado, pues todo aquello se había convertido en cosa del Club Diógenes. Y Marlow no era más que uno de los muchos agentes del señor Mycroft Holmes.
—El monstruo jamás llegará a Brasil —dijo Charlie—. Morirá en algún lugar del Atlántico.
—O quizás logre volar hasta las Azores o las Canarias, ¿no le parece, capitán? —dijo el tipo alto.
—En cualquier caso —intervino el doctor Bulldog—, tendrá un destino más afortunado que en manos de Challenger y sus amigos del Instituto Zoológico...
—No creo que el bueno de George considere precisamente “amigos” a sus colegas. Pero sí, está usted en lo cierto, Watson.
—Ahogado en mitad del Atlántico —repitió el capitán Marlow, que le indicó al tipo alto que lo siguiera. El médico también comenzó a caminar tras ellos por la cubierta, pero Marlow se detuvo y le dijo—: No lo tome a mal, pero tengo que hablar con su jefe en privado.
—¿Mi qué?
—Ea, Watson; haga lo que dice el capitán —le respondió su compañero—. A fin de cuentas, Marlow ha tenido a bien permitirnos subir a su barco en circunstancias un tanto extrañas. ¿Por qué no charla un rato con el señor O’Rourke? Es un americano muy amable y seguro que ambos tienen muchas historias de faldas que compartir...
El tal O’Rourke acababa de aparecer por la puerta de la cabina del capitán, pues Marlow le había ordenado que se encargara de la sala de máquinas mientras atendía aquella inesperada visita a bordo del Friesland. O’Rourke era más alto que el doctor, sus brazos estaban desnudos y repletos de tatuajes, y su semblante se mostraba muy serio y poco amigable. No le había gustado que el capitán lo dejara al margen en un momento de peligro.
El doctor le tendió la mano al yanqui y dijo:
—John Watson, antiguo cirujano del 5º Regimiento de Fusileros de Northumberland.
El enorme O’Rourke, más alto y corpulento incluso que el doctor Watson, miró la mano del médico como si fuera algo que acabara de vomitar una ballena y dijo:
—Ya veo. ¿Y es usted un desertor o tan sólo un tullido al que tuvieron que licenciar?
Charlie y su invitado se introdujeron en las entrañas del barco, sin esperar a ver el desenlace de tan prometedor diálogo. Sólo escucharon el sonido de las bofetadas mientras se dirigían al camarote del capitán.
—A usted le divierte esto, Sigerson —dijo Marlow. Y no era ninguna pregunta.
—Ya no, capitán.
—¿Ya no le divierte hacer que los humanos bailen y se zurren al son que usted toque?
—Ya no soy Sigerson, amigo mío. Mi nombre es...
—Ya, ya lo oí antes —lo interrumpió Marlow—. Y su amigo el doctor (que espero sobreviva a los puños de O’Rourke) también me contó que es usted incluso famoso, pues sus aventuras se publican en The Strand... Seguro que esa publicidad le encanta a Mycroft Holmes.
—Durante mi larga ausencia fuera de Inglaterra (es una larga historia, aunque usted ya conoce al menos una parte), Watson narró la intervención de mi hermano en una de esas fantasiosas crónicas sobre mis asuntos profesionales —explicó mientras sacaba una pipa del abrigo y la rellenaba con un tabaco cuyo hedor hediondo Marlow recordaba perfectamente—. A Mycroft no le hizo ni la más mínima gracia verse retratado en “La aventura del intérprete griego”. Y tampoco le gustó que el doctor mencionara el club. Mycroft no quiere ni oír hablar del bueno de Watson, e incluso intentó amedrentar al director de la revista para que dejara de publicar esas historias. No tuvo demasiado éxito, debo añadir, pues al parecer, tanto Watson como su agente literario, así como el propietario de The Strand, están ganando mucho dinero a mi costa. No es que yo se lo recrimine a mi amigo, por supuesto...
Mycroft Holmes (h.1887)
—Y entonces, ¿qué pasa con Diógenes...? —preguntó Marlow.
—El Club Diógenes es tan sólo eso para el doctor: un club de Pall Mall creado para excéntricos que no desean tener tratos con sus semejantes. Como mi hermano Mycroft. O como yo. —Hizo una pausa y añadió—: O como usted, claro.
Marlow emitió un gruñidito y dijo:
—Bien, ¿y se puede saber qué interés tenía el señor Mycroft Holmes en ese animal?
—¿Al margen de que hubiera sembrado el pánico en Regent Street? Ninguno, capitán.
—Oiga... Pero cuando usted y el doctor subieron a bordo del Friesland, me dijo que Mycroft Holmes le había indicado que el monstruo pasaría justamente por aquí, a pocas millas de Start Point...
—Eso es exactamente lo que le dije, mi querido amigo.
—¿Y?
—¿Tiene alguna duda, capitán?
—¿No le ordenó Mycroft que viniera a interceptar a ese bicho... o a asegurarse de que nadie más se hacía con su cuerpo? ¿No ha venido usted a mi barco por cuenta de Diógenes?
—En absoluto, Marlow. El doctor Watson y yo estuvimos presentes ayer por la noche durante la conferencia de mi primo, el profesor George Edward Challenger, en el Queen’s Hall, donde presentó en sociedad los hallazgos, pruebas y descubrimientos de su expedición a la brasileña meseta de Maple White, un lugar poblado por criaturas antediluvianas de toda catadura, ¿puede usted creerlo? —Marlow, en ese punto, soltó otro gruñidito ante su interlocutor. Por supuesto que el capitán podía creer en algo así. Ambos hombres lo creían a pies juntillas—. Presenciamos la fuga de la criatura y yo, amablemente, le ofrecí al primo George mis servicios. El profesor me explicó que tenía que recuperar ese ejemplar a toda costa, pues adornaría el vestíbulo de la sección de Historia Natural del Museo Británico durante los siglos venideros. Así que decidí seguir la pista del animal y asegurarme de que no se quedaba en Inglaterra. De hecho, lo previsible era que intentase huir en dirección a su tierra natal, y calculé que pasaría por Devon en dirección suroeste. Consulté con Mycroft las rutas de los diversos barcos que andarían por esta zona, y me confirmó que el Friesland, procedente de Estados Unidos, se encontraría cerca de Start Point alrededor de las nueve de la mañana. El doctor y yo alquilamos a un viejo pescador del estuario del río Dart la lancha que ahora mismo remolca el Friesland hacia la costa. Y eso es todo.
Profesor George Edward Challenger (h. 1894)

Sigerson soltó una voluta de humo que había retenido en los pulmones durante su explicación. El capitán Marlow tosió, se levantó de la mesa de su camarote y corrió a abrir el ojo de buey. Después se dirigió a un mueble junto a la mesa de despacho, abrió un compartimento y sacó una botella de coñac y dos vasos (no era Armagnac, sino un caldo distinto y mucho más barato), y regresó a su asiento. Sirvió el licor en silencio y finalmente dijo:
—Entonces, una vez más he resultado útil a sus propósitos —dijo Charlie, que alzó su vaso e invitó a brindar a su contertulio. Los cristales chocaron y ambos hombres bebieron.
—Sí, podría decirse que así es —respondió Sigerson.
—En ese caso, podría decirse que está usted en deuda conmigo, ¿no es así?
El invitado de Marlow esbozó una sonrisa y contempló al capitán con unos ojos grises, penetrantes.
—No, no es así —dijo—. En absoluto. Pero si necesita mi ayuda, amigo mío, estoy a su disposición.
—¿En serio? —dijo Marlow.
—Totalmente, mi querido capitán. Es usted un buen hombre. O al menos, la clase de hombre que a mí me gusta.
Marlow se echó a reír.
—Está bien —dijo el capitán—. Está bien, está bien... Sabrá usted, señor, que el Friesland ya no pertenece a la compañía Holanda-Sumatra y que el propietario de dicha empresa comercial, el barón Maupertuis, está encerrado en una celda cuya llave debe andar por el fondo del Támesis.
—Cortesía de mi hermano Mycroft, por supuesto... Algo de eso he oído, sí. Pero continúe, por favor.
—Ahora trabajo para la compañía Holanda-América —continuó Marlow—, comandada por un testaferro holandés que al igual que servidor o que usted mismo, es un hombre de Diógenes. Y el Friesland regresa precisamente ahora de nuestras antiguas colonias.
—Eso me pareció.
—En esta ocasión, Mycroft Holmes me encomendó una misión un tanto peliaguda, pues consistía en cometer una acción ilegal... un robo.
—No puedo creer que Mycroft le encargara hacer algo así —dijo el tipo de la pipa con muy poca convicción—. En cualquier caso, asumo que ha cumplido usted con el objetivo.
—En efecto.
—Y que lo que ha distraído de algún lugar allende los mares se encuentra a bordo del Friesland.
—Exactamente.
—En consecuencia, lo que usted desea es que yo custodie lo que quiera que sea que usted robó en América...
—En un oscuro puerto de Massachusetts llamado Innsmouth —dijo el capitán—. Sí, eso es lo que quiero de usted.
Marlow se levantó, entró en un pequeño habitáculo adosado a su camarote (el mismo cuarto diminuto donde el hombre al que llamaban Sigerson se había alojado un año atrás) y regresó con un bulto envuelto en un pedazo de tela gruesa, blanca y sucia. El bulto tenía forma rectangular y parecía relativamente pesado.
—¿Piensa enseñarme lo que contiene ese paquete, capitán?
—No —dijo Marlow—. Aunque apuesto a que usted puede deducir (que no adivinar, pues ya me sé esa canción) de qué se trata.
—Pues sí, amigo mío. Se trata de un libro antiguo, ¿verdad?
Marlow no respondió.
—Un libro por el cual Mycroft siente un gran interés, obviamente —continuó Sigerson—. Un libro que entraña cierto peligro intrínseco.
El capitán permaneció en silencio.
—Y usted quiere que yo guarde ese volumen durante un tiempo.
Marlow asintió.
—Porque usted quiere pedirle algo a mi hermano. Algo que ya le ha pedido antes reiteradas veces y que siempre le ha negado a usted. ¿Me equivoco?
Marlow se encogió de hombros. Dejó el paquete sobre la mesa, entre los dos vasos de coñac.
—Y cree que si se niega a entregarle el libro, Mycroft acabará por ceder.
El capitán asintió con la cabeza muy lentamente.
—Y que el último lugar donde Mycroft buscaría el libro es en mis habitaciones de Baker Street.
—No —respondió Marlow—. Por lo que yo sé de Mycroft Holmes, se dará cuenta muy pronto de que el libro no está en mis manos, sino en las de usted. Y ambos sabemos que usted encontrará un lugar seguro, lejos de Whitehall y de nuestros amigos de Diógenes, durante todo el tiempo que sea necesario. Yo no soy tan listo. Mycroft Holmes me pillaría enseguida. Estoy seguro. Para un caso así, prefiero recurrir a un profesional.
El invitado del capitán esbozó una amplia y socarrona sonrisa y dijo:
—¿Me está halagando, mi querido amigo, con la intención de ganarse mi confianza y mi complicidad en un discutible asunto que obra en perjuicio de mi propio hermano? ¿Es eso lo que está intentando, capitán?
—Definitivamente, señor, la respuesta es un rotundo “sí”.
La cazoleta de la pipa soltó unas chispas que cayeron sobre la tela que envolvía el bulto.
—Está bien, capitán. Cuente conmigo en su pequeña conspiración —dijo el hermano de Mycroft Holmes—. Pero ha de constar que lo haré por dos motivos bien diferenciados: El primero, porque yo mismo tengo mucha curiosidad por echar un vistazo a este polvoriento volumen. Y segundo, porque creo que usted tiene todo el derecho del mundo a saciar su curiosidad y Mycroft debería haber satisfecho sus deseos desde el principio.
—De modo que sabe qué es lo que le he pedido a su hermano...
—Por supuesto que sí, mi querido Marlow: Usted quiere conocer los detalles de lo que le sucedió a la tripulación del Mary Celeste. Y sobre todo, quiere saber de primera mano qué fue de la pequeña Sophia Matilda Briggs.
Marlow asintió.
—Sí. Claro que sí —dijo el capitán.
—Deme entonces ese paquete. Estará a buen recaudo hasta que usted quiera que se lo entreguemos a Mycroft. ¿Le parece bien?
—Me parece perfecto.
—Y si está de acuerdo, yo mismo iré con usted a visitar a Mycroft. Quizá dé su brazo a torcer antes si lo informamos de que el libro está oculto en un lugar que yo mismo he ideado, y que él nunca jamás podría averiguar.
—Esa era mi idea —dijo Marlow, que extendió la mano, y el otro hombre se la estrechó—. ¿Estamos de acuerdo entonces, señor?
—Estamos de acuerdo, capitán Marlow.






Soñar despierto

Por un momento, el capitán Marlow se temió que su segundo de a bordo no pudiera hacerse cargo del Friesland durante el trecho que quedaba hasta Róterdam. Pero O’Rourke, su ojo izquierdo convertido en un moretón violeta, su nariz quebrada por el puente, insistió en que no le pasaba nada, que se las había visto con brutos mucho más fuertes, peligrosos y hábiles que aquel medicucho.
—Incluso su amigo, el estirado, es mejor boxeador que ese Watson —le dijo O’Rourke a Marlow. El contramaestre estaba tumbado en su litera, bebiendo un café caliente aderezado con whiskey. Sujetaba la taza entre ambos puños, pues no podía sujetarla con las manos, hinchadas y vendadas.
Marlow sabía que la pelea no había sido como para tomársela a broma. Nunca antes había visto a su segundo tan maltrecho.
—Entonces ¿estás seguro de que podrás apañártelas con esta banda de hotentotes, señor O’Rourke? —dijo el capitán—. Si no, siempre puedes pedirle ayuda al chico...
—Hadoque es un buen muchacho, pero nunca llegará a ser capitán. Ni tan siquiera contramaestre —dijo O’Rourke.
Charlie no estaba de acuerdo con su segundo, pues tenía en gran estima a ese chico medio belga cuyo peor defecto, quizás, fuera su excesiva afición por el whisky Loch Lomond... cosa que Marlow no podía censurarle al joven Hadoque. El muchacho ya había demostrado que no sólo era un valiente con muchos recursos, sino que podía ser de gran ayuda en situaciones difíciles, como por ejemplo, en mitad de una selva plagada de monstruos antediluvianos, marinos amotinados, criminales caníbales, científicos locos y al menos un demonio de Sumatra. Si Hadoque había sobrevivido a semejante circunstancia, sin duda sería capaz de capitanear un carguero y llevar especias, alcohol, tejidos, armas o cualquier otra mercancía al último rincón del planeta Tierra.
—Está bien —le concedió Charlie a su hombre de confianza, quien sin duda acabaría por recurrir a la ayuda de Hadoque—, no hundas mi barco. Nos vemos en Holanda, Orc.
El señor Sigerson y su amigo el doctor Watson, quien salió del Friesland en parihuelas, ya se habían marchado a Londres por su cuenta y riesgo. Marlow tenía intención de pasar una noche en Dartmouth para descansar, marcharse a Exeter al día siguiente y allí tomar un tren hasta la capital.
Charlie tenía muchas cosas en la cabeza y necesitaba un sueño reparador, sábanas limpias y una cama de verdad (y no un jergón como el de su camarote) donde pensar tranquilamente.
No es que el capitán Charles Marlow no tuviera las ideas claras, por supuesto.
Después de desembarcar y tomar un coche de punto que lo llevó hasta Dartmouth, Marlow degustó una buena comida regada con vino en una taberna de la hostería donde se hospedó, y todo el tiempo estuvo cavilando si había sido buena idea dejar el libro en manos de Sigerson (le resultaba casi imposible pensar en él bajo su otro nombre, el que se suponía era el verdadero... aunque con ese individuo, nunca se sabía nada con certeza). Y Charlie llegó a la conclusión de que sí.
No le había gustado nada poner sus manos sobre esa cosa de tacto desagradable y que olía como a pescado podrido. Siguiendo las severas instrucciones de Mycroft Holmes, Marlow ni tan siquiera había abierto el libro. Y lo cierto es que no había sentido ninguna tentación al respecto. Ese apestoso volumen le daba repelús.
Se alegraba de haber dejado en manos de Sigerson aquella cosa. Durante todo el viaje de regreso desde América, Marlow había dormido muy mal. Había tenido unos sueños extrañísimos que fácilmente habría podido calificar como “pesadillas”, y no había podido arrancarse de la piel el hedor del libro.
Aquella noche en Dartmouth había sido la primera en mucho tiempo en que no soñaba con el extraño hombre negro que aguardaba en el umbral de una puerta que no era una puerta (“porque estaba entornada”, se dijo Marlow), ni con aquel triple ojo, un ojo con tres lóbulos, que observaba todo el universo desde algún rincón del cosmos (“mucho más lejos que Sophia Matilda”, pensó Marlow). Y por suerte, tampoco soñó con la espantosa ciudad sumergida bajo las aguas, donde algo, una cosa enorme que no estaba muerta sino que dormía, acechaba y esperaba el momento adecuado para despertar y alzarse en todo su terrible esplendor...
Este último era el peor de los sueños, pues el hombre negro (que no era ningún negro africano, sino algo así como un blanco bañado en tinta de calamar) lo incitaba a pasar a través de la puerta, y el ojo trilobulado se limitaba a observar atentamente los movimientos de Marlow y los del resto de la humanidad y también los de otros seres, incontables criaturas en incontables mundos desperdigados por todas las estrellas. Pero el Durmiente (como lo llamaba Marlow)... el Durmiente que aguardaba en un lugar llamado Ril-ayé, o Arl-i’e, en algún rincón de los océanos, también soñaba. Y los sueños del Durmiente hablaban de cosas que habían sucedido y de que cosas que tendrían lugar sin lugar a dudas. Y el capitán Charles Marlow sintió, en uno de esos sueños, cómo un demonio que en realidad parecía un hombre oriental (o quizás fuera al revés) le cortaba la lengua y las manos y los pies, y le arrancaba los ojos, y después lo arrojaba a una mazmorra lóbrega, húmeda, por cuyos muros correteaban miríadas de ratas...
Sí, ese libro era mala cosa, y estaría mejor en manos de Mycroft Holmes (o como era el caso, en manos de su hermano) que en el lugar donde Marlow lo había encontrado: en una iglesia de la mal afamada localidad de Innsmouth, que en otros tiempos había sido un conocido puerto comercial y que hoy sobrevivía gracias a la refinería de una antigua familia, propietaria de la mitad del pueblo. Charlie había logrado esquivar a los habitantes de Innsmouth, unos individuos de ojos saltones, bocas anchas y un sempiterno olor a marisco pasado en sus alientos, mientras Orc O’Rourke se zurraba en un ring improvisado, en el puerto, con un gigante lampiño y de dientes afilados. Marlow había apostado su dinero por Orc (muy pocos de los marinos presentes, miembros de las tripulaciones de cuatro embarcaciones distintas, imitaron al capitán Marlow), pero la verdad es que no estaba seguro de que el yanqui pudiera batir al luchador local, un tipo llamado Samson Absolom Marsh.
Charlie entró y salió de la iglesia de la Orden Esotérica de Dagón sin percance alguno y con un bulto bajo el brazo. Había esperado encontrar a alguno de aquellos sectarios (todos en Innsmouth parecían profesar aquella fe dedicada a no sé qué monstruo marino, y los ídolos y dibujos que el capitán encontró en la capilla le recordaron a los que había visto hacía algunos años en una isla del Pacífico llamada Rokovoko), pero allí no había nadie custodiando aquel extraño volumen. Ni tan siquiera un sacerdote.
Cuando regresó al Friesland, O’Rourke le estaba esperando con un puñado de billetes de dólar y un diente menos. El grandullón de Innsmouth, según le explicó el contramaestre, era una mala bestia, muy fuerte, muy duro. Le había llevado cinco minutos enteros dejarlo K.O. Y el muy animal incluso le había mordido en los nudillos.
O’Rourke sonreía y le mostraba su mella a Marlow mientras contaba su pelea ilegal.
El capitán no le hizo caso. Le dijo que avisara a los hombres que estaban de guardia (los demás estaban borrachos en sus literas) y que soltaran amarras. Que tenía un paquete que entregar en Inglaterra.
Y aquella misma noche, cuando el Friesland pasó por las cercanías de un lugar de la costa de Massachusetts que los lugareños llamaban el Arrecife del Diablo, los sueños del capitán Charles Marlow dieron comienzo.
No obstante, durante el día, Charlie soñaba despierto con una joven llamada Sophia Matilda Briggs, que había pasado la mayor parte de su vida en un lugar muy, muy, muy lejano.
Y el mayor deseo del capitán no era otro que conocerla, o al menos, charlar con ella. Aunque sólo fuera una vez.

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